Discurso de Rosaura Romero en el Premio Luka Brajnović 2021

Lo primero,  ¡GRACIAS! A la universidad, a los organizadores, a los aquí presentes.

Lo segundo, perdonad mi falta de voz, pero es lo que tiene hablar después de este maratón de emociones.

Y hoy… ¿qué decir después de todo lo que se ha dicho ya? ¿Qué contaros? Que David era un tío sólido. Sí, era una roca. Que escuchaba. Tenía las mejores orejas de la historia y, además, escuchaba queriendo solucionar. Que era buena gente, buen periodista,  buen amigo, buen hijo,  buenísimo marido… el chico 10, como le decían de pequeño. 

David… David no soñaba de pequeño con ser periodista. No. ¿Pero qué sucedió en esta universidad y en su vida que habéis terminado reconociéndole con uno de los premios más honorables del periodismo? «Vidas como la de David son ricas y fecundas. Con la entrega de este premio queremos hacer llegar más lejos su ejemplo y su figura, contribuir a hacer más grande su legado, que sigue vivo en sus amigos, sus colegas, sus compañeros de promoción y en el corazón de la facultad».  Esto escribía hace unos meses la Decana cuando anunciaba la entrega del premio. Y hoy estamos aquí rindiéndole un bonito homenaje en esta universidad a la que David entró sin saber muy bien qué le depararía el futuro. 

Le gustaba escribir, conversar (mucho), aprender, escuchar, dudaba…

Por aquel entonces, cuando tenía que escoger su destino, dudaba entre estudiar sociología, psicología, políticas o irse directamente a América Latina a cavar letrinas.

David era un hombre de contrastes. ¡Sí, señor! Como bien lo contaron ayer Paco, con la anécdota del rojo noble, y Natalia, que le describe como el tío duro que iba a la guerra y que luego hacía las preguntas que solo haría una buena amiga. ¡Y es que así era!

Y así lo recordamos sus personas cercanas sin importar qué época de su vida hayamos compartido, porque se ve que esas características estaban ahí desde pequeño y se mantuvieron intactas hasta el final.

David era una cebolla con muchas capas. MUCHAS. ¡Y eso lo hacía grande! Todos los que le habéis llegado a conocer de verdad lo sabéis.

Siempre contaba que fue su padre, Javier, el que le dijo: «¿Y por qué no estudias periodismo?»

Fotografía: Manuel Castells

En todos estos meses que han pasado desde lo sucedido, he tenido la oportunidad de escuchar anécdotas de sus compañeros de clase, algunos aquí presentes que han venido desde lejos. 

Imaginarle en esa época, en esta aula, rebelde, con su pendiente en la oreja, con sus pintas, sus barbas y su pensamiento crítico… me hace sonreír. Ayer me contó una de sus profesoras que antes de venir a clase comentaban: «A ver con qué pregunta nos sale hoy David». Todos, absolutamente todos, dicen que estaba claro desde entonces que David iba a llegar lejos. 

Decía él que eso le sorprendía porque él no lo pensaba así. Pero quizá esto mismo hizo que siempre trabajara el que más. Que, al madurar, entendiera que su éxito no dependía de lo motivado que se sintiera, sino del trabajo, la mística y la dedicación con la que se implicara en su día a día. ¡Dependía de ser constante! Sus propios miedos e inseguridades hicieron que tuviese una energía inagotable, una cabeza privilegiada que no paraba hasta que lo hacía, y entonces disfrutaba, bailaba y reía con la misma intensidad.

David tuvo una vida fecunda, como bien decía la decana. ¡Fecunda! Y no solo en lo laboral. Trabajó todos los formatos del periodismo y en todos, absolutamente en todos, hizo historias únicas. También fueron fecundas sus conferencias, muchas de ellas impartidas aquí. David dedicó mucho, mucho tiempo a reflexionar sobre el periodismo y sobre el papel del periodista. Tenía muy claro que un periodista es solo un vehículo entre lo que sucede y los que estamos recibiendo la historia. Y eso que sucede implica a todas las partes involucradas, no solo a aquellas que nos resultan cómodas.

El reportero, en su paso al audiovisual, trabajó en casi todas las cadenas. Y si contamos solo lo producido desde 93 Metros, produjo más de 50 documentales. 56 para ser exactos. Su obra recorrió el mundo y fue merecedora de muchos premios, ninguno equiparable al orgullo que le produjo tirar el cohete de Artajona.

Como empresario, su obsesión era que su equipo estuviese contento, feliz. Feliz con todas las letras y siempre, cosa que es imposible, claro. Pero David era un jefe que lo preguntaba: «¿Eres feliz? ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?».

Más allá de todo eso, del David periodista, del David empresario… lo más destacable era su calidad humana. De esto podemos dar fe sus personas cercanas: su familia, sus amigos y compañeros y también —ojo—, no pero, óigase bien, y también: el sicario, el narco, el guerrillero… David era igual con todos y a todos les trataba con dignidad y respeto. ¡Ese fue siempre el secreto de su éxito! Y eso, precisamente, es lo que debemos aprender de él.

Intentar honrarle así: siendo buena gente, haciendo un esfuerzo consciente por sentir empatía, por ponernos en el lugar del otro. No permitir que nuestros propios miedos e inseguridades nos atrasen en la cultura del Yo —«Yo hago», «Yo soy», YOYO…— muy típico de esta profesión. Porque si necesitas reivindicarlo, entonces no eres…

David lo sabía y lo aplicaba en todas las facetas de su vida. Con sus padres, Angelines y Javier, con su hermano, Eduardo, con sus tíos y primos…

Como marido, qué os puedo contar que no haya dicho ya. Lo repetiría todo. He sido una afortunada al tener a David como marido y si soy fuerte y sigo adelante es porque pienso que es lo que él querría.

Y como periodista, productor, creador audiovisual, empresario… lo habéis escuchado ya de personas cualificadas y cercanas.

Este premio va de aquellos valores que David hizo suyos y defendió a capa y espada: libertad, honestidad, dignidad. De eso, de haber ejercido el periodismo con humildad, sabiendo que lo más importante es el respeto por el otro —sin importar quién sea—.

En nombre de David, de nuestra familia aquí presente, de Artajona, de Uterga y un poquito también de América Latina… De corazón, ¡muchas gracias!