Miguel Ángel Jimeno

Buenos días.

Escribía Ander Izagirre hace una semana en su columna de El Diario Vasco que “en este mundillo de cazadores de historias con poco escrúpulo, da una alegría tremenda que premien el trabajo de la buena gente”. Ander se alegraba por Pablo Tosco, que acababa de ganar uno de los World Press Photo.

El texto de Ander nos viene al pie para hablar de… David Beriain, por desgracia tan presente estos dos últimos días.  Porque David era, sobre todo, un hombre bueno.

David era un chaval bueno cuando con 18 años llegó a FCOM. No sabía muy bien qué periodismo quería hacer, pero sabía que le fascinaban las historias de los misioneros de Artajona en muchos rincones de América.

Y David era un hombre bueno cuando hace nada me decía que sentía en el alma no venir hace unos días para estar con vosotros pero que lo haría sin falta en cuanto regresara de su viaje a Burkina Faso.

Y David habría venido. Siempre lo hacía.

Quizá acompañado por Rosaura, a la que amaba tantísimo.

Un hombre bueno

David se habría sentado. Y lo primero que hubiera hecho es escucharos para conoceros. David se hubiera puesto en vuestra piel para hablaros de periodismo y, seguro, llenaros de esperanza. Porque pensaba que el periodismo tenía todo el futuro del mundo.

David os diría que ese buen periodismo —está todo inventado, sólo hay que hacerlo bien, repetía— requiere comprender al prójimo siempre y nunca juzgarlo.

David, un sencillo trabajador de las historias —así se definía a veces, como recuerda su querida Bea Gómez—; un tipo de una pieza (como de una pieza era la periodista Ana Vives, fallecida hace unos días); coherente entre lo que pensaba, decía y hacía, os diría: chicos, hagáis lo que hagáis, hacerlo bien. Hacerlo bien es dejarse la piel. Porque este mundo del periodismo, de la comunicación, de la verdad no es para comodones.

David os hablaría, seguro, de Artajona, de su madre Angelines, de que esas profundas raíces hicieron que en sus comienzos le llamaran “navarro cabezón” por su insistencia y perseverancia. Y os diría que no hay historias pequeñas sino ojos pequeños. Y que la manera de engrandecer esos ojos era sabiendo mirar y sabiendo escuchar.

David también os diría algo que hace nada también os dijo en esta misma aula Manuel Jabois: que este oficio requiere remangarse, mancharse los zapatos y nunca las manos. Que en esta profesión o eres honesto o apaga y vámonos.

David, que te ofrecía todo, todo lo daba al periodismo. Ese era David, “un buen chico, un pedazo de pan”, como decía ayer Luis, un abuelo de Artajona de 81 años.

Y seguro que David, como ha escrito su buen amigo Pablo Iraburu, nos habría reñido. Por hablar tanto de él y casi nada de esos africanos, de esas personas con nombre y apellidos, que murieron intentando llegar a España el mismo día que lo asesinaban.

Después de estirarnos de las orejas, sonreiría, porque David sonreía mucho. Y nos diría que estuviéramos alegres, que hoy es un día de fiesta. Porque lo que ha sucedido estos recientes meses es que habéis trabajado mucho intentando hacer buen periodismo. David, al que le apasionaba formar —cuántas veces me decía: “maestro, qué suerte tienes de poder meter tanto amor por este oficio a decenas de alumnos todos los años”—, hubiera sido feliz llevando un proyecto y muy feliz viendo hoy los siete que habéis sacado adelante. David pensaba, como yo, que aquí había un maravilloso laboratorio de innovación periodística.

David os recordaría, acabo ya, que hoy es el día de las “tres aes”: aprender, aplaudir y agradecer.

Que David os acompañe siempre.